
La definición de las cosas parte de lo que es característico en ellas. La preposición “A = B” implica que “B” dice todo aquello que permite identificar “A” y que es propio de “A”. Aquellos atributos que cumplen cualidades definitorias, son denominados “características”. Lo característico puede ser establecido en dos planos: características esenciales y características típicas. Si se tuviera que definir un tratado de filosofía, se diría que lo esencial es la información sistemática de contenido filosófico; mientras que lo típico sería la forma que presenta. Típicamente los tratados filosóficos los encontramos como libros físicos, sin embargo esta cualidad, no es esencial ya que se podría acceder al tratado aun cuando se presentara como un “e-book”, ya que si bien “el papel” es lo típico en los tratados de filosofía, “el papel” no es esencial. Entendiendo al hombre desde esta perspectiva, se puede captar su complejidad y significado. Concurren en él atributos esenciales y realidades típicas que dan como resultado al hombre histórico.
El hombre cotidiano es una realidad que desconcierta a quienes pretenden entenderlo sin discriminar lo esencial de lo típico. Al responder la pregunta “¿Qué es el hombre?” habrá quienes percibirán sus aspectos positivos y quienes notaran lo negativo. Si se dijera que el hombre es esencialmente malo, ¿cómo se entendería el altruismo y la noción de la virtud?. Si se dijera que el hombre es esencialmente bueno, ¿cómo entender la violencia, el egoísmo y la corrupción común a la experiencia histórica?.
Hobbes y Roseau pueden ofrecer dos versiones de estas perspectivas. Para Hobbes el hombre es el lobo del hombre, el Estado surge como producto del egoísmo humano, ya que los individuos, libres originalmente, ceden sus derechos y libertades al Estado por el “gusto” de saber que los demás individuos se verán limitados y sujetos también. Para Rosseau, en cambio, el hombre es esencialmente bueno, de ahí que para conservar sus libertades decide entregar sus derechos naturales al Estado, a través de un “contrato social”, a fin de que los retorne como derechos civiles. No se requiere mucha agudeza para percibir que detrás de ambas teorías políticas se encuentra una manera de entender lo “característico” del hombre[1].
John Stott llama a la ambivalencia moral del hombre, “la paradoja humana”, y hace una breve descripción de cómo se ha pretendido resolverla usualmente:
"La crítica cristiana a las respuestas contemporáneas a la pregunta: “¿Qué es el hombre?” es que ellas tienden a ser ingenuas en su optimismo, o demasiado negativas en su pesimismo, en cuanto a la condición humana. Generalmente los humanistas seculares son optimistas. Si bien creen que el homo sapiens no es otra cosa que el producto de un proceso evolucionista accidental, creen no obstante, que los seres humanos siguen evolucionando, que tienen un potencial ilimitado y que algún día se harán cargo de su propio desarrollo. Pero estos optimistas no toman en serio, en la medida necesaria, el rasgo de perversidad moral y de egocentrismo del ser humano, que ha retrasado constantemente el progreso y que ha llevado a la desilusión a los reformadores sociales”
“Los existencialistas, por su parte, tienden a ser extremadamente pesimistas. Dado que no hay Dios, dicen, ya no hay valores, ideales, ni niveles morales, lo cual por lo menos parecería lógico. Y si bien de algún modo tenemos que adquirir valor para ser, nuestras existencia no tiene ningún sentido sin propósito. En última instancia, todo es absurdo. Pero estos pesimistas pasan por alto el amor, el gozo, la belleza, la verdad, el heroísmo y el sacrificio personal que han enriquecido la historia humana[2]
En esa paradoja radica la dificultad del auto-entendimiento humano. En las palabras del salmista, el hombre se sabe “poco menor que los ángeles” y a la vez, su conciencia le lleva admitir que hay aspectos del existir que deberían ser olvidados “¿Qué es el hombre? para que tengas de él memoria”, se presenta como un reconocimiento de la lejanía y pobreza del hombre frente a Dios. Similar concurrencia de atracción y rechazo se percibe en el libro de Job:
“16 ¡Aborrezco mi vida! No he de vivir para siempre; ¡déjame, pues, ya que mis días solo son vanidad! 17¿Qué es el hombre para que lo engrandezcas, para que pongas en él tu corazón 18y lo visites todas las mañanas, y a cada momento lo pruebes? [3]
El hombre cotidiano e histórico no puede ser entendido si se le reduce a uno de sus polos morales, del mismo modo como no puede ser entendido si se lo observa desde uno de sus elementos originales. Para comprender y definir el hombre histórico se debe reconocer lo esencial y lo típico en él.
1.1 Primer Principio: El hombre es ESENCIALMENTE imagen de Dios
¿Qué es el hombre esencialmente? ¿Qué es aquello que hace al hombre distinto de todo lo demás? La Biblia responde, el hombre es imagen de Dios:
“26Entonces dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y tenga potestad sobre los peces del mar, las aves de los cielos y las bestias, sobre toda la tierra y sobre todo animal que se arrastra sobre la tierra».
27Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.”[4]
Ser “imagen de Dios” es lo que hace al hombre ser. Si se limitara la respuesta esa simple declaración, un observador agudo podría argumentar que, a la larga, es una traslación del problema. En rigor, si se dice que “esencialmente el hombre es imagen de Dios”, debe también decirse en qué consiste esa atribución.
El vocablo usado para “imagen” en la Biblia se traduce como “ídolo”, “sombra”, “apariencia”[5]; y las acepciones de “semejanza” son equiparables a “diseño” y “figura”[6]; de lo cual se aprecia que ningún significado establece relación de identidad entre hombre (objeto-representante) y Dios (sujeto-representado). El hombre no es, de hecho, igual a Dios o consustancial a Él, por usar un término patrístico; en cambio el hombre es una representación viviente de Dios, de modo similar a una escultura o una fotografía, las cuales son distintas del modelo que las causa, ya que existencialmente sus calidades y sustancias son diferentes; la fotografía de un hombre no es el hombre, y sin embargo la fotografía sí es una imagen de ese hombre; del mismo modo, el hombre no es Dios, pero a la vez es imagen de Dios. Por lo tanto, cuando se dice que “en el hombre Dios hizo una copia de sí mismo”, la relación ontológica entre Dios y el hombre es analógica y no de identidad.
¿En dónde radica la analogía entre el hombre y Dios?
Berkhof[7] resume las distintas opiniones que se han vertido sobre este punto de la siguiente manera:
- Los Padres de la Iglesia, en general, la entendieron como características racionales, morales y capacidad de santidad.
- Ireneo y Tertuliano vieron en “imagen” referencias de atributos físicos, y en “semejanza”, una alusión de aspectos espirituales.
- Clemente de Alejandría, Orígenes, Atanasio, Hilario, Ambrosio, Agustín y Juan de Damasco sostuvieron que la “imagen” contenía los aspectos esenciales del hombre, y que “semejanza” contenían cualidades no esenciales.
- Pelagio definía la “imagen” como la concurrencia de tres aspectos:
(2)Libre albedrío
(3)Señorío sobre la baja creación.
El problema del entendimiento de la imagen de Dios, radica en que al parecer muchos teólogos han sobredimensionado el carácter del hombre en su estado original hasta casi equipararlo espiritualmente a Dios mismo ¿Cómo entender los extremos de la depravación humana, entonces, sino es creando un concepto “extraño” como el de la “justicia original”? Es posible reconocer una justicia original en el sentido de un estado original, pero el hacer de esa justicia un don preservante, llevaría a reconocer que la tal “justicia original” le prestó un flaco favor al hombre en el momento en que más la necesitó, ya que el hombre pecó, no desde su condición depravada sino desde un estado de bendición primigenio.
1.1.1 Amor
"... todos los animales se aparean, muchos de ellos forman fuertes lazos de pareja, la mayoría se ocupa de sus crías y algunos son gregarios. Pero el amor que une a los seres humanos entre sí es más que un instinto, más que una perturbación a nivel de glándulas endocrinas. El amor ha inspirado las más grandes obras de arte, el más noble heroísmo, la más fina devoción. Dios mismo es amor y nuestras experiencias relacionadas con el amor son un reflejo esencial de nuestra semejanza a él[11]
1.1.2 Trascendencia
De esta cualidad es que se derivan las percepciones teológicas en cuanto a la imagen de Dios. Por ejemplo “la conciencia de racionalidad”[13], la “capacidad de efectuar elecciones morales”[14], la “creatividad artística”[15], “la conciencia[16], la voluntad, el lenguaje[17]” etc todas se articulan desde la trascendencia del YO, que es el centro mismo de la personalidad humana. Dios es un Dios personal, luego hizo de su imagen una persona.
La imagen de Dios, entonces, se refleja en el amor y la trascendencia personal del hombre. Este carácter especial determina la calidad de sus relaciones. La teología ha definido cuatro relaciones básicas en el ser humano: con Dios, con el prójimo, con la naturaleza y consigo mismo. Las relaciones no son esenciales ya que surgen, generalmente, como producto de la interacción de dos o más entidades. Lo peculiar en el hombre, es que por su naturaleza trascendente, puede entablar, al igual que Dios, una relación consigo mismo. Las relaciones, entonces, son una consecuencia del acto creador y de las atribuciones especiales de lo creado[18].
La pérdida, por parte del hombre, de la percepción de ser imagen de Dios afecta particularmente las relaciones entre Dios y los seres humanos, de dos maneras fundamentales:
La Biblia es enfática y terminante en la prohibición del culto de las imágenes (Ex. 20:4, Dt. 5:8)
“9He aquí, todos son vanidad y sus obras no son nada. ¡Viento y vanidad son sus imágenes fundidas![20] esta cita de Isaías, muestra de manera clara la relación entre la vanidad del hombre y la vanidad de sus imágenes. En Isaías 44: 9-20 dice al respecto:
“9Los que modelan imágenes de talla, todos ellos son nada, y lo más precioso de ellos para nada es útil; y ellos mismos, para su confusión, son testigos de que los ídolos no ven ni entienden. 10¿Quién fabrica un dios o quién funde una imagen que para nada es de provecho? 11Todos los suyos serán avergonzados, porque los artífices mismos son seres humanos. Todos ellos se juntarán, se presentarán, se asombrarán y serán a una avergonzados.
12El herrero toma la tenaza, trabaja en las brasas, le da forma con los martillos y trabaja en ello con la fuerza de su brazo; luego tiene hambre y le faltan las fuerzas; no bebe agua, y se desmaya.
13El carpintero tiende la regla, lo diseña con almagre, lo labra con los cepillos, le da figura con el compás, lo hace en forma de varón, a semejanza de un hermoso hombre, para tenerlo en casa. 14Corta cedros, toma ciprés y encina, que crecen entre los árboles del bosque; planta un pino, para que crezca con la lluvia. 15De él se sirve luego el hombre para quemar, toma de ellos para calentarse; enciende también el horno y cuece panes; hace además un dios y lo adora; fabrica un ídolo y se arrodilla delante de él.
16Una parte del leño la quema en el fuego; con ella prepara un asado de carne, lo come y se sacia. Después se calienta y dice: «¡Ah, me he calentado con este fuego!». 17Del sobrante hace un dios (un ídolo suyo), se postra delante de él, lo adora y le ruega diciendo: «¡Líbrame, porque tú eres mi dios!». 18No saben ni entienden, porque cerrados están sus ojos para no ver y su corazón para no entender. 19No reflexiona para sí, no tiene conocimiento ni entendimiento para decir: «Parte de esto quemé en el fuego, sobre sus brasas cocí pan, asé carne y la comí. ¿Haré del resto de él una abominación? ¿Me postraré delante de un tronco de árbol?». 20De ceniza se alimenta; su corazón engañado lo desvía, para que no libre su alma ni diga: «¿No es pura mentira lo que tengo en mi mano derecha?».[21]
Del relato se puede apreciar que la conducta idólatra descrita tiene su consecuencia directa en el versículo 18: “No saben ni entienden, porque cerrados están sus ojos para no ver y su corazón para no entender”. Sin embargo, la descripción más dramática de cómo la idolatría, afecta directamente la condición moral del hombre está en la Carta a los Romanos:
“18La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad, 19porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó: 20Lo invisible de él, su eterno poder y su deidad, se hace claramente visible desde la creación del mundo y se puede discernir por medio de las cosas hechas. Por lo tanto, no tienen excusa, 21ya que, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias. Al contrario, se envanecieron en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido. 22Pretendiendo ser sabios, se hicieron necios, 23y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes de hombres corruptibles, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. 24Por lo cual, también los entregó Dios a la inmundicia, en los apetitos de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, 25ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.[22]
La negación idolátrica de la propia naturaleza humana trae como consecuencia obvia la afectación de las concepciones y valores (v.21) y la corrupción efectiva y práctica (v. 24)
En primer lugar el hombre sirve a Dios a través del servicio a su prójimo (quien es la propia imagen de Dios), el cristianismo lejos de presentarse como un culto ritualista y centrado en sus templos, abunda en instrucciones acerca de la conducta humana para con su semejantes[23]. Oseas 6:6, por ejemplo dice que Dios quiere misericordia en lugar de sacrificios; Miqueas 6:8 enseña que Dios únicamente pide del hombre justicia, misericordia y humildad para con Él; Zacarías 7:9,10 define el llamado al arrepentimiento como un mandato a hacer misericordia y piedad “cada cual con su hermano”, no oprimir a la viuda, al huérfano, al extranjero, ni al pobre, ni pensar mal contra los semejantes. Jesús dice que lo más importante de la Ley es la justicia, la misericordia y la fe[24] y Juan el Bautista definía los frutos del arrepentimiento como compartir los bienes y andar en justicia[25].
En segundo lugar, la permanencia de la imagen de Dios, hace que los actos de violencia o perjuicio contra el prójimo sean particularmente aborrecibles, así por ejemplo, mientras las leyes romanas consideraban al esclavo como un simple objeto y por lo tanto, existía la obligación de reintegrarlo a sus dueños, la Ley de Moisés establecía la obligación de proteger al siervo que huía de su Señor, “habitará contigo, en medio de ti, en el lugar que escoja en alguna de tus ciudades donde tenga a bien; no lo oprimirás”[26]. Es desde esta perspectiva que todo homicidio es un sacrilegio: “A cada hombre demandaré la vida de su prójimo. 6El que derrame la sangre de un hombre, por otro hombre su sangre será derramada, porque a imagen de Dios es hecho el hombre.”[27]
La imagen de Dios es el atributo esencial. Es desde esa imagen que el hombre comienza a verse así mismo como realmente debe ser, es la clave del entendimiento de la propia identidad.
En estas cosas, entonces, radica nuestro carácter distintivamente humano: en la capacidad que Dios nos ha dado para pensar, elegir, crear, amar y adorar. “en el animal – por el contrario, escribió Emil Brunner – no vemos el menor comienzo de una tendencia a buscar la verdad por la verdad misma, a crear algo bello por amor a la belleza, a promover la justicia por amor a la justicia, a reverenciar lo Santo por amor a su santidad... El animal no sabe nada más allá de su esfera inmediata de existencia, nada en base a lo cual mida o someta a prueba su existencia... la diferencia entre el hombre y la bestia abarca toda la dimensión de la existencia.[28]
1.2 Segundo Principio: El hombre es TÍPICAMENTE un ser caído
Entender la esencia del hombre, sin embargo, no ayuda a la comprensión total del hombre histórico. No es posible negar la realidad del mal en la vida humana, se debe, por lo tanto, reconocer que hay una diferencia entre la condición actual del hombre y su estado original.
El hombre ha perdido su comunión primigenia. Su naturaleza se ha visto afectada por el pecado y, por lo tanto, se presenta en el discurso de la historia como un ser “caído”. Alguien ha sugerido que la depravación humana es la doctrina que más evidencia empírica posee, ya que el mal es un hecho innegable; y aun cuando pueda haber desacuerdo en cuanto a causas y remedios, todos, de algún modo u otro, concuerdan en el diagnóstico. Sin embargo cabe recordar que el mal no es parte de la esencia del hombre, está típicamente en él, como un efecto de la caída, pero un factor determinante de lo humano.
La raíz del mal está relacionada con la pérdida de identidad. Compárese la caída de Satanás con la caída del hombre en el huerto, en el primer caso aquél pensó “seré igual que el altísimo”, en el segundo el ofrecimiento hecho al hombre fue ser “como Dios”.
Caída de Satanás
12¡Cómo caíste del cielo, Lucero, hijo de la mañana! Derribado fuiste a tierra, tú que debilitabas a las naciones. 13Tú que decías en tu corazón: “Subiré al cielo. En lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono y en el monte del testimonio me sentaré, en los extremos del norte; 14sobre las alturas de las nubes subiré y seré semejante al Altísimo”.[29]
4Entonces la serpiente dijo a la mujer:
—No moriréis. 5Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y el mal. 6Al ver la mujer que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió al igual que ella. (30)
Hay una relación entre la vida humana y la idea de sí mismo, de ahí que la experiencia cristiana parta del reconocimiento de nuestro verdadero lugar[31]. Ese reconocimiento se da en la experiencia de la comunión, ya que solo en ese contexto es que tienen sentido nuestros roles y propósitos. La pérdida de la noción del orden impuesto por Dios es pecaminoso porque implica la intención de romper la comunión con el Creador. De esto resulta que el primer pecado en el Edén comienza como una crisis de identidad: “seréis como Dioses” le dice la serpiente a Eva, desencadenando la confusión que impide al hombre verse verdaderamente como es. El hombre está perdido, en primer lugar, no por “haber hecho algo”, sino por haber olvidado quién era[32].
Como resultado del pecado, se ha heredado una naturaleza depravada. El mal está típicamente en él. Jesús enseñaba: “porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. 20Estas cosas son las que contaminan al hombre.”[33] Y el apóstol Pablo les escribía a los Romanos: “14Sabemos que la Ley es espiritual; pero yo soy carnal, vendido al pecado. 15Lo que hago, no lo entiendo, pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto, eso hago”[34]
En esa misma perspectiva, son comprensibles las advertencias al pueblo de Israel en cuanto a mezclar sus costumbres con la de los pueblos vecinos. El propósito era la protección de su “identidad”; y no entendida como identidad cultural, como era asimilada por los escribas y fariseos sino como la comprensión de la propia naturaleza esencial y sus consecuentes relaciones. No se trataba de preservar la idea de lo “nacional” sino la noción de ser parte de una relación especial con Dios.
En estos pasajes se puede apreciar el realismo bíblico en cuanto al tema humano. La Biblia enseña que el hombre en esencia es imagen de Dios, pero también aclara que su estado presente está marcado por una corrupción completa de su ser. No en el sentido de que todo lo que hay en el hombre sea malo, pero sí en cuanto que todo lo que el hombre es, se ha visto afectado por el pecado.
Queda aun una tercera cuestión relativa al hombre. Se ha establecido que es imagen de Dios, sin embargo, se ha comprendido también que, aun sin perder esa atribución distintiva, el hombre ha adquirido una naturaleza depravada que la desfigura. Detenerse en este punto lleva a una visión desenfocada de lo humano, ya que nos conduce a la pérdida del sentido de la historia; ésta es una historia no concluida, pero también es una historia que se desencadena por y para la redención. La comprensión del hombre concreto, entonces, no puede obviar esa dimensión de su discurrir existencial.
El apóstol Pablo, escribiendo a los Efesios les manifestaba su deseo de que Dios alumbrara los ojos de su entendimiento, para que supieran cuál era la esperanza a que él los había llamado y “cuáles las riquezas de la gloria de la herencia en los santos...”[35], debido a que la comprensión de lo humano demanda entender el destino de lo humano. Si se juzga el valor de una semilla sin considerar a dónde puede llegar, de seguro, no se valoraría toda su importancia. Eso mismo ocurre con el hombre, no solamente se trata de un ser caído y depravado, sino que se trata de un ser al que Dios ha deparado la posibilidad de un destino glorioso.
La historia humana se articula sobre la base de dos momentos cruciales: el pecado de Adán y la muerte de Cristo. Por el pecado del primero la corrupción se alojó en lo humano, por la obra del segundo la redención y la esperanza se hizo parte del proceso humano.
“12Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” [36]
“15Pero el don no fue como la transgresión, porque si por la transgresión de aquel uno muchos murieron, la gracia y el don de Dios abundaron para muchos por la gracia de un solo hombre, Jesucristo. 16Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó, porque, ciertamente, el juicio vino a causa de un solo pecado para condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para justificación. 17Si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.”
“18Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación que produce vida. 19Así como por la desobediencia de un hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, muchos serán constituidos justos.”[37]
Es la vocación de Dios lo que le da al hombre un significado histórico. Es en el marco histórico que Dios busca restaurar sus relaciones con él. La intervención divina en el desarrollo de los acontecimientos humanos es una pretensión demasiado obvia en la Biblia como para siquiera tratar de negarla. A diferencia de cualquier otro libro religioso al que se la quiera comparar, la Biblia tiene un marcado sentido “político”. En cierta forma es un “libro del cielo” con los “pies demasiado bien puestos en la tierra”, como para compararla con los textos mitológicos de otras religiones.
La Biblia contiene más de setenta predicciones relativas a naciones e imperios vecinos. Todas ellas se han cumplido. Los hombres de Dios del antiguo testamento profetizaron la destrucción de Babilonia cuando esta era grande y sin rival entre las demás naciones. Profetizaron la decadencia de Egipto cuando era una potencia mundial. Profetizaron la desaparición de Tiro, cuando Tiro era aun una ciudad poderosa, cuya cultura influenciaba todo el Mediterráneo. La magnitud y trascendencia de estas predicciones deben examinarse tomando en cuenta que quienes las hicieron disponían, de mucha menos información sobre política y teoría del Estado de la que disponemos en la actualidad, provenían de una comunidad pastoril que no había sobresalido por sus avances tecnológicos o filosóficos (en comparación con los griegos o las potencias vecinas), algunos de esos profetas fueron simples pastores, y sin embargo sus vaticinios se cumplieron.
La Biblia presenta a Dios como el Señor de la historia. Y presenta al hombre como ser con una dimensión histórica. Dios llama un pueblo para sí, forma una nación para ser la depositaria de su Ley, pero tal nación es solamente una preparación de la humanidad para recibir su revelación mayor. “En el cumplimiento del tiempo” el Verbo se encarna en forma humana. Jesucristo vive una vida santa y en el clímax de la historia muere en la cruz como redención por los pecados:
4Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley, 5para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos. 6Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: «¡Abba, Padre!». 7Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo [38]
5El que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas». Me dijo: «Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas». 6Y me dijo: «Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tiene sed, le daré gratuitamente de la fuente del agua de vida. 7El vencedor heredará todas las cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo. 8Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda [39]
Jesucristo, entonces se presenta como el origen y el fin de la historia, y el hombre adquiere una significación gravísima. Delante de él está la salvación o la condenación. La primera, como un acto puro de misericordia de Dios, al que se accede por la fe (“le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida”), la segunda como consecuencia de la renuncia definitiva del hombre al llamado a ocupar su verdadero lugar como criatura e imagen de Dios[40].
Esta es pues, la imagen completa del hombre. El hombre es la imagen de Dios, en quien Él ha puesto la capacidad de amar y el sentido de trascendencia personal; el hombre, al mismo tiempo, ha caído de su estado de gracia original y presenta las huellas de una naturaleza depravada; el hombre, finalmente, aun en su estado perdido, es objeto del amor de su Creador, y por lo tanto, en la obra restauradora de Cristo, tiene una latente esperanza en la eternidad.
[1] Confere: Roucek, Joseph; Antología del Pensamiento Político; Bs. As. – Argentina; Ed. Fraterna; 2° Ed; pp.149, 150.
[2] Stott, John; Op. Cit.; p. 32
[3]Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[4] Génesis 1: 26, 27. Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[5] Ureta, Floreal; Elementos de Teología Cristiana; El Paso – Texas; Ed. Casa Bautista de Publicaciones; 1988; 93
[6] Loc. Cit.
[7] Berkhof; Teología Sistemática; Grand Rapids, Michigan – USA; ed. TELL; 6° Edición; 1983; pp. 238, 239
[8] Loc. Cit
[9] “Lo has hecho poco menor que los ángeles”; Salmo 8:4; Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[10] “Atrevidos y obstinados, no temen decir mal de los poderes superiores, mientras que los ángeles, que son mayores en fuerza y en poder, no pronunciaron juicio de maldición contra ellos delante del Señor”. II Pedro 2:10b,11. Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[11] Stott, John; Op. Cit.; p.36
[12] De ahí el error de Barh, el niega el carácter esencial de la imagen de Dios en el hombre, porque para el no hay nada analógico entre Dios y el hombre. Confunde lo idéntico con lo análogo. El hombre no puede tener un amor idéntico al de Dios pero si puede tener un amor análogo. Cuando Barth hace coincidir en cierta forma la imagen con la capacidad de relacionarse, no distingue el efecto (la relación) con la causa de aquella: el amor. Confere: Ureta, Floreal; Op. Cit.; p.99
[13] Stott, John, Op. Cit.; p.35
[14] Loc. Cit.
[15] Op.Cit; p.36
[16] Carroll; El Libro de Génesis; El Paso, Texas; Casa Bautista de Publicaciones; s/a; pp. 81-82
[17] Sobre este punto, es necesario recalcar la visión de Carroll, referente al leguaje ya que, tal condición humana es aun inexplicable desde las perspectivas evolucionistas. Por ejemplo Erns Cassirer dice al respecto: “Los creadores de las teorías biológicas acerca del origen del lenguaje no vieron el bosque a causa de los árboles. Partieron del supuesto de que una línea directa nos conduce desde la interjección al lenguaje, pero esto es una petición de principio, no una solución, porque lo que había que explicar no era el mero hecho del lenguaje humano sino su estructura. Un análisis de esta estructura revela una diferencia radical entre el lenguaje emotivo y el proposicional; no se hallan al mismo nivel. (...) Me parece que ninguna teoría biológica logró cancelar jamás esta distinción lógica estructural; no poseemos ninguna prueba psíquica de que ningún animal traspasara jamás la frontera que separa el lenguaje proposicional del emotivo. El llamado lenguaje animal es siempre enteramente subjetivo; expresa diversos estados del sentimiento, pero no designa o describe objetos. Por otra parte, no existe prueba histórica de que el hombre, ni en las etapas más bajas de su cultura, estuviera nunca reducido a un lenguaje meramente emotivo o a un leguaje mímico”. Vid: Cassirer, Ernst; Antropología Filosófica; Fondo de Cultura Económica; México; 2° Ed; 1999; p. 175
[18] La posición de Barth, por lo tanto es errada. Además debe notarse que la capacidad de relacionarse consigo mismo, en el hombre, no significa de ningún la capacidad de vivir en soledad o con independencia del resto de los hombres, ya que tal capacidad es solamente una analogía de la trascendencia y autonomía de Dios. La Biblia es clara al enfatizar que no es “bueno que el hombre este solo”.
[19] Exodo 20:4 por ejemplo dice: 4»No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. 5No te inclinarás a ellas ni las honrarás, porque yo soy Jehová, tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, 6y hago misericordia por millares a los que me aman y guardan mis mandamientos”.
[20] Isaías 41: 29Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[21] Isaías 49: 9-20; Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[22] Romanos 1: 18-25; Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[23] Se debe reconocer que las instrucciones relativas a los detalles del culto ritual en la Iglesia son poco detallados, en cambio la Biblia abunda en enseñanzas respecto del sentido sagrado de las relaciones del hombre con su prójimo.
[24] Mateo 23: 23
[25] Lucas 3:7-14
[26]Deuteronomio 23: 15. Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[27] Génesis 6:9 Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[28] Stott, John; Op. Cit. p. 37
[29]Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[30]Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[31] Así, por ejemplo, la comprensión de nuestra pecaminosidad, de nuestra rebelión contra Dios, nos lleva al arrepentimiento y a la salvación.
[32] No es casual que Jesucristo se presente en el evangelio completamente consiente de su identidad. Así por ejemplo en Juan 13: 3 se relata: “3sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba”
[33] Mateo 15; 19, 20 Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[34]Romanos 13: 14,15; Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[35] Efesios 1:18; Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[36]Romanos 5:12; Reina -Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[37]Romanos 5: 15 – 19. Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[38] Gálatas 4: 4 – 7 Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[39]Apocalipsis 21: 5-8 Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.
[40] Al respecto, el evangelio de Juan sostiene: “18El que en él cree no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 19Y esta es la condenación: la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” Juan 3: 18, 19 Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.


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